¿Qué me motiva a educar?

 
  Sofía Thisted comentó una vez: «Quienes llegamos a trabajar en la educación lo hacemos por dos motivos: o por tratar de de reeditar buenas experiencias o por tratar de evitarle a las nuevas generaciones experiencias que nos resultaron muy dolorosas.»
    
    Si bien todos conocemos a educadores que claramente no eligieron trabajar en la educación por estas razones o se olvidaron de ellas, me parece que ambas son una gran fuente de motivación a la hora de responder la pregunta «¿por qué educar?».

    En la vida de todas las personas, la educación juega un rol fundamental. ¿Quién no recuerda con cariño a algún profesor o profesora que se haya ganado nuestro respeto como alumnos? Y, por otro lado, ¿quién no recuerda a algún profesor o profesora que haya logrado que sus clases fueran horas que quisiéramos evitar a toda costa? Inevitablemente, las materias que nos gustaron en la escuela casi siempre vinieron acompañadas de profesores que encontraron la forma de que nos interesara lo que nos buscaban enseñar. 

    Los educadores tenemos el deber imperioso de ser puentes entre los estudiantes y el aprendizaje —y aún más en los tiempos actuales, en los que la información es fácil y rápidamente accesible. Si todas las personas tienen el derecho a la educación, no podemos dejar que ese derecho quede simplemente en la obligatoriedad de asistir a una escuela (cuyas paredes, además, no dejan de borronearse entre lo físico y lo virtual). Debemos encargarnos de que esa educación sea transmitida acertadamente desde las dos razones que menciona Thisted. 

    Creo que la respuesta a la interrogante «¿por qué educar?» debe venir desde dentro y muchas veces debe arraigarse en experiencas totalmente personales. Porque, justamente, ¿puede existir la pasión si no se pone el corazón?

    En lo personal, muchas cosas me motivan a educar. Principalmente, un amor innato por adquirir y compartir saberes me ha acompañado desde pequeña. Este amor al saber se ha visto totalmente revalorizado cada vez que en mi trayectoria como estudiante me he encontrado con profesores que encontraban nuevas formas de enamorarme de las ciencias, de la literatura, de la geografía... Al mismo tiempo, algo en mi espíritu activista se revolvía y gritaba —y aún lo hace— cada vez que me encuentro con profesores cuyo trabajo está motivado por cualquier cosa distinta a la pasión por enseñar. Y cada vez que me encuentro pensando «esto no debería pasar», me recuerdo a mí misma que es parte de mi deber no olvidarme de este sentimiento como estudiante para evitarlo cuando esté del lado del educador.

    Pero lo que encuentro más importante es la necesidad de repetir y reeditar las experiencias que recuerdo con tanto cariño y que me forjaron como persona dentro de un salón de clases. Las ganas de enseñar cosas valiosas y útiles para las futuras generaciones, tomando en cuenta las necesidades y realidades de cada quien, deberían ser la nafta de todo educador. 
    

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