La tarea docente y su complejidad
Conceptos para tener en cuenta
No podemos hablar de enseñanza sin, al menos, darle un sentido. Si buscamos la palabra en la RAE, nos vamos a encontrar con lo siguiente:
Enseñanza
1. f. Acción y efecto de enseñar.
2. f. Sistema y método de dar instrucción.
3. f. Ejemplo, acción o suceso que sirve de experiencia, enseñando o advirtiendo cómo se debe obrar en casos análogos.
4. f. pl. Conjunto de conocimientos, principios, ideas, etc., que se enseñan a alguien.
Podemos entonces comprender que la enseñanza no es sólo un proceso que ocurre en un salón de clases, sino toda acción y efecto de transmitir conocimientos. Sin embargo, en esta ocasión nos vamos a centrar en la enseñanza que sí ocurre dentro de la escuela y su complejidad. Porque a través de las generaciones, no todos los que hemos pasado por la escuela hemos atravesado un proceso de enseñanza con las mismas características; de acá que sea tan difícil llegar a un acuerdo completo sobre el concepto de enseñanza en la escuela hoy. No obstante, sí podemos acordar que la enseñanza está integrada por distintos elementos: los conocimientos (lo que se enseña), alguien que enseña y alguien que aprende (o a quien se enseña). El cómo se delimitan estos elementos integradores de la enseñanza es tema de estudio para comprender dónde nos situamos hoy para realizar nuestra tarea docente.
Por otro lado, tampoco podemos dejar de lado el concepto de autoridad, que indudablemente siempre se ha visto entrelazado con el concepto de la enseñanza en la escuela. La definición de la RAE reza:
Autoridad
1. f. Poder que gobierna o ejerce el mando, de hecho o de derecho.
2. f. Potestad, facultad, legitimidad.
3. f. Prestigio y crédito que se reconoce a una persona o institución por su legitimidad o por su calidad y competencia en alguna materia.
4. f. Persona que ejerce o posee cualquier clase de autoridad.
5. f. Solemnidad, aparato.
6. f. Texto, expresión o conjunto de expresiones de un libro o escrito, que se citan o alegan en apoyo de lo que se dice.
La autoridad implica una responsabilidad. La relación asimétrica entre el docente y el alumno en relación a conocimientos implica que el docente tiene una potestad y una legitimidad en lo que se busca enseñar, por ende, tiene autoridad. Esto implica que el docente es responsable de la enseñanza en el aula, pues es quien tiene mayor relación con el conocimiento que se quiere transmitir (idealmente). Pero también debemos reconocer, como veremos más adelante, que esta autoridad en lo académico muchas veces se ha conseguido con límites confusos con el autoritarismo, no sólo en el conocimiento, sino en las demás áreas. Además, debemos mencionar que las relaciones de autoridad no sólo están en el salón de clases; hay una autoridad cultural reflejada en el currículum, el trabajo docente se rige bajo la autoridad que ejerce el Estado y cada una de las instituciones de las que formamos parte, cada uno de nuestros estudios está regido por la autoridad del conocimiento científico… Podemos concluir, desde un inicio, que ni siquiera la autoridad es unidireccional y simple en la docencia.
El último concepto que me parece necesario dejar en claro antes de iniciar de lleno la defensa de la complejidad del trabajo docente es el de política. ¿Qué significa ser político? Para no alejarnos mucho del tema, veamos primero algunas descripciones de la RAE:
Político, ca
1. adj. Perteneciente o relativo a la doctrina política.
2. adj. Perteneciente o relativo a la actividad política.
[...]
5. adj. Dicho de una persona: Que interviene en las cosas del gobierno y negocios del Estado. U. t. c. s.
[...]
9. f. Actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo.
Como veremos más adelante, la escuela desde su inicio ha renegado de su rol político en la sociedad. Pero simplemente leer la definición de político nos basta para darnos cuenta de que, innegablemente, la escuela cumple con un rol político importantísimo. No sólo como institución, sino todos los que la conformamos. ¿No somos acaso todos los estudiantes y docentes ciudadanos que nos estamos formando y participando del asunto público tan importante que es la educación? Me parece, pues, que hay que establecer que no es lo mismo tener un rol político como escuela, que tener banderas de partidos políticos o formar parte de alguna ideología.
Con estos conceptos de base, podemos adentrarnos un poco en la complejidad de nuestra tarea.
¿Cómo está conformado el trabajo docente?
La escuela en sus inicios
La República Argentina, entre los años 1870-1900 vivió la llegada de grandes masas de inmigrantes, la gran mayoría provenientes de Europa. El Estado se vió obligado a tomar medidas, con el objetivo de formar una Identidad Nacional. Este fue el nacimiento de la escuela Normal en la Argentina. Se buscó la homogeneidad de la población, pensando en llegar a una igualdad sin pensar en el contexto o particularidades de cada caso; se necesitaba formar una ciudadanía que contemplara los mismos valores, conocimientos y tradición.
Se dejaba bien en claro que en la escuela ocurría el verdadero camino al conocimiento, a las letras, al progreso. La línea entre el «dentro» y el «fuera» de la escuela estaba bien marcada; fuera quedaban las costumbres diferentes y dentro estaba la igualdad. El modelo unificador determinaba cómo enseñar, a quién enseñar y cómo debían ser los alumnos. La prescripción metodológica demarcaba cómo era el «método perfecto» para la enseñanza. La educación se reducía a una serie de técnicas que describían cada clase a la perfección, cómo enseñar, cómo preparar la clase, cómo impartir castigos y tener autoridad en el aula.
Por otro lado, la vocación docente se ve como un resultado de una dinámica social que aspira a valores y progreso más allá de sí misma. El camino de la docencia se vió feminizado, siempre ligado a la entrega, el sacrificio, la abnegación… Un trabajo «barato» y apostólico. De aparente neutralidad y objetividad hacia las cosas «de afuera» y de total autoridad en las cosas «de adentro».
Podemos resaltar el Estatuto del Personal Docente Nacional, sancionado en 1958, que permitió regular el ingreso, ascenso, estabilidad, cursos de perfeccionamiento y remuneración salarial de la profesión docente, permitiendo que ya no fuera vista sólo como un apostolado vocacional, sino que cumpliera con la seguridad mínima necesaria para que siguiera en pie la tarea docente. Sin embargo, la visión tradicional de la docencia como apostolado se puede detectar incluso hoy en día.
No podemos dejar por fuera la fragmentación en todo aspecto que ocurrió durante la dictadura. El estado de terror que propició el Estado se vió reflejado dentro del salón de clases. No sólo era la autoridad lo que caracterizaba a un buen docente; era el autoritarismo. Los gritos, silenciar las opiniones diversas y la imposición de ideales se volvieron las fortalezas buscadas en los docentes de la época. La profesionalidad estaba medida por la adhesión al régimen y el control ideológico se colaba desde todas partes, incluyendo el currículum y la militarización del espacio físico de la escuela.
La escuela hoy
Es indudable que la tarea docente ha pasado por diversas transformaciones desde su nacimiento hasta hoy. Así que es prudente hacer una breve descripción de la situación docente dentro de la escuela que estamos atravesando.
Volviéndonos a centrar… ¿Qué es la enseñanza hoy? Atrás quedaron las perfecciones metódicas y el resumen de técnicas para la clase ideal. No hay una sóla tradición homogénea que se busque inculcar a todos los estudiantes. Por el contrario, el paradigma actual es el de la diversidad, que busca reconocer la individualidad, historia, contexto, costumbres y necesidades de cada alumno. Entonces, ¿qué se enseña?
Debemos entender a la educación como un ala que va de la mano de la democracia. Que haya sujetos que puedan educarse depende de lo que hagamos con ellos en la escuela, y de esto depende la verdadera democracia de los pueblos. No puede haber un pueblo libre que no esté educado. Esta educación no es unidimensional ni busca un alumno o ciudadano «ideal» en una sola presentación. La enseñanza hoy en día busca ligar, desligar y re-ligar a los estudiantes.
Ligar en lengua, cultura, oficios. Para que los estudiantes se interpreten a sí mismos verdaderamente como miembros de la sociedad. Desligar a través del pensamiento crítico, para que aprendan a interrogarse a sí mismos y al mundo que los rodea, para que no sean influenciados de ninguna manera y puedan ejercer verdaderamente la democracia. Y re-ligar a través de la incorporación de este pensamiento crítico en el pueblo que conforman, dar sentido antropológico del porqué necesitamos todas estas herramientas y la importancia de los valores que nos construyen. El docente es responsable de este proceso nuevo históricamente. Y la guía es poca.
Hablamos de la importancia de una enseñanza que ligue, desligue y re-ligue. Esto es sólo posible si nos reconocemos, todos los que formamos parte del proceso de enseñanza, como ciudadanos. Este rol de ciudadanos nos lleva a un punto de vital importancia: la escuela cumple con un rol político.
Aunque lo haya querido renegar desde sus inicios, interpretarnos de este modo nos hace reconocernos como alojadores y productores de derechos y sujetos. La escuela tiene la capacidad de favorecer (idealmente) o de obstaculizar la transformación social, la participación y la democratización de la sociedad. Esto nos da pie a otro tema de quiebre: ¿podemos considerarnos con rol político dejando de lado las realidades de desigualdad que se ven en la escuela? Parece obvia la respuesta.
La escuela tiene, entonces, el deber de velar y servir de traductora e intérprete entre las necesidades de cada comunidad y las necesidades impuestas por la autoridad del Estado. ¿Es posible entonces considerar a la escuela como ajena al resto de la sociedad? Esta idea quedó en el ayer y debemos abrazar las responsabilidades que esto conlleva. Los que elegimos el camino docente hoy en día debemos formarnos teniendo en cuenta que nuestro trabajo no empieza y termina netamente en el salón de clases y con el material teórico que nos corresponda respecto a la materia asignada. Esto es de tremenda importancia y añade toda una capa más de complejidad a la labor docente.
Entonces, hoy en día el docente tiene la obligación de ser constructor de su formación a través de la vocación y el compromiso. La tarea docente no sólo es compleja en las dificultades que se le presentan, sino en su multidimensionalidad y en la novedad de cada ámbito que se permite, poco a poco, ir descubriendo.
La tarea docente empezó en un campo con visión enfocada y misión apremiante. Hoy nos sabemos partícipes de algo más grande y de ideales cada vez más fuertes. Al interpretarnos como ciudadanos antes que profesores, reconocemos que nosotros mismos hemos –y seguimos siendo– parte del cuerpo estudiantil y, por ende, parte activa en la traducción e interpretación de las necesidades que sabemos que existen en los alumnos. Debemos mirar cada una de nuestras historias personales con una energía curiosa y llamados a tomar la iniciativa en los cambios que sentimos tan urgentes en nuestro aprendizaje. La escuela es dinámica siempre y cuando nosotros la impulsemos.
Debemos considerarnos a nosotros mismos como intérpretes entre generaciones, autorizarnos en nuestra vocación a no quedarnos sólo con el conocimiento académico que debemos impartir, sino reconocer el trabajo que supone la transmisión de la herencia cultural y su vínculo con el mundo contemporáneo. Somos nosotros los que debemos estar atentos para velar por el resguardo de los valores de las futuras generaciones, permitiéndoles renovar la tradición que les transmitimos.
El maestro, entonces, cumple como referente de transmisión cultural, intérprete de generaciones, velador de la igualdad de condiciones y oportunidades, productor de sujetos conscientes de sus derechos y deberes… Además de cumplir con la transmisión de los distintos conocimientos considerados importantes a través de la autoridad del Estado, atravesando decisiones de tipo gubernamental y cambiantes. Todo esto sin mencionar el elefante en la habitación: la labor docente ha existido desde siempre en un marco económico que no corresponde a la inmensa responsabilidad que conlleva. De aquí que la docencia sea verdaderamente, aún hoy, una vocación con forma de apostolado por encima de todas las cosas.
Los docentes somos responsables de la calidad educativa y, por lo mismo, responsables de no minimizar la complejidad de nuestra tarea.
El despertar del rol político. Una nueva mirada sobre la educación.
«La no naturalización de la injusticia es algo que les toca a las instituciones políticas, entre las que se incluye la escuela. Esto implica no perder de vista que la escuela es un ámbito específico y particular donde se produce la socialización de las nuevas generaciones en la cultura letrada y donde se construye una relación con la cultura y la política no solamente a través de los espacios curriculares destinados a ello, sino además mediante el modo en que la justicia y la ética circulan por los pasillos y por los patios, sin perder de vista las palabras que allí se ponen en juego.»
Southwell, M., Storino, S. (2007). Docentes: La tarea de cruzar fronteras y tender puentes. [Folleto]. Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología.
Este párrafo en específico supuso un despertar en mi visión de la escuela.
Si somos un lugar de formación ciudadana, ¿podemos formar desigualdad e injusticia en los pasillos? ¿No será la escuela, entonces, el lugar de nacimiento del desinterés y naturalización de la injusticia? Siento que todos los que hemos atravesado la escuela nos hemos encontrado al menos una vez con una situación de injusticia que fue desatendida. Muchas veces he escuchado “mejor ni quejarse, si igual no pasa nada”. ¿No podrá ser eso un resultado de problemas dejados de lado en los pasillos de las escuelas? Desde problemas entre estudiantes, con profesores, con diseños curriculares, horarios, evaluaciones… Si nuestros alumnos se ven silenciados en sus protestas o no son tomados verdaderamente en cuenta para recibir explicaciones y situaciones de diálogo verdadero sobre el proceso que se ven obligados a pasar, ¿cómo podemos esperar que, mágicamente, en el futuro se interesen por defender sus derechos? ¿Cómo podemos exigir protestas y luchas pacíficas a los adultos si no se les enseñaron caminos correctos y efectivos para ser escuchados desde niños? No hablamos de un libertinaje ni de poner a la orden de la ignorancia los firmamentos de la escuela. Pero sí somos responsables de dar las bases para la búsqueda sana de justicia y la oportunidad de sentir sus resultados.
En segundo año de secundario tuve una profesora de castellano que nos exigió desde el primer día de clases la escritura en letra cursiva. Muy pocas personas se sentían cómodas pero lo aceptamos como parte de las exigencias de la materia. Al terminar el primer trimestre, la profesora nos pidió escribir si teníamos alguna queja sobre la materia. A mí no se me ocurrió quejarme de la escritura en cursiva porque no pensé que fuese a cambiar algo. Sin embargo, alguien más sí lo hizo y al regresar de las vacaciones nos encontramos con que ya no sería más una exigencia de la materia. Mi profesora generó un espacio de diálogo y comprendió el argumento a favor de la escritura libre. Pero no sólo eso; sino que nos dió un sentimiento de justicia y de ser escuchados. Son estas las verdaderas formas de permitir un sentimiento de responsabilidad ciudadana desde una edad temprana.
Pero esto siempre debe estar acompañado de la verdadera lucha contra la naturalización de la injusticia. Desde casos de bullying a violencia intrafamiliar, no podemos dejar de ofrecer la mano de la escuela aunque caigamos en el riesgo de seguir arraigando una visión asistencialista de ella. Porque, a mí parecer, es una verdad de la que no podemos renegar, sino luchar porque se cumplan las condiciones necesarias para que, al ser un lugar de asistencia, no se vean comprometidas las demás responsabilidades que cumple.
¿Por qué elegir ser docente hoy?
Más allá de la necesidad de ser parte del cambio que tan enérgicamente quise dejar reflejado en este ensayo, ser docente significa, para mí, ser agente activa de la formación del futuro con el que sueño. En mi historia personal, muchos de los docentes que tuve el honor de conocer dejaron una huella muy grande en mi desarrollo. La vocación docente está en mi familia y desde mi infancia crecí en un ambiente de planificaciones, notas, cursos y problemáticas institucionales. Vi “los hilos” que están por detrás de una clase y estaba parcialmente consciente de ellos mientras pasé por el lado del estudiante. En resumidas cuentas, la docencia me enamoró incluso a través de sus imperfecciones.
El carácter servicial de la docencia, ligado con la alegría y pasión por la ciencia y el conocimiento en general, son los pilares en los que se asienta mi elección de ser docente. No es una decisión tomada a la ligera ni ignorante de la complejidad que conlleva. Justamente en el blog que quiero llevar como registro de mi carrera, mi primera entrada fue ¿Por qué educar?
Pienso que, para ser docente, hay que abrazar la idea de que es una formación que nunca termina y que se debe a los demás. Corremos el riesgo de ser soñadores e idealistas, pero alguien tiene que soñar y luchar por el futuro que todos queremos.
A la docencia voy con fuerza y fuego.