Mi trayectoria formativa

 

Sobre Mi Trayectoria Formativa

Mi escuela estaba en Caracas, Venezuela. Era una escuela grande, casi al pie de la montaña que resguarda a la ciudad. Es imposible escribir este relato sin que me ahogue el sentimiento. Después de todo, los peores años de mi vida encontraron su refugio entre las paredes de esta escuela. Fue el lugar para reír de las desgracias, llorar las pérdidas y ayudarnos unos a otros en medio del caos. 

Contaba con educación preescolar, primaria y secundaria.  Estaba distribuida en dos alas. Tenía múltiples canchas multiusos, dos de ellas techadas. Había laboratorios de física, química, biología, dibujo técnico e informática. Además de biblioteca, salón de audiovisuales y salas de reunión. También tenía una capilla con presencia permanente del Santísimo. A todos nos llenaba de orgullo la banda show del colegio, que solía ir a distintos eventos en toda la ciudad. Su disciplina casi militar nos inspiraba a todos respeto y fraternidad.

Los profesores eran, en su mayoría, espectaculares. Las maestras de primaria fueron parte de mi familia gracias a ser colegas de mi mamá. Los profesores de secundaria nos trataban de enseñar no sólo el contenido académico, sino a ser personas integrales incluso en medio de la difícil situación que atravesábamos como país. 


Puedo destacar a muchos profesores. Entre ellos a mis profesoras de química (Alice Dupatrocinio y Daiee López), a las que le debo mi amor por la materia. Nos enseñaron desde ejemplos concretos y experiencias que atravesaban el cuerpo los contenidos que muchas veces superaban a los que estaban en el currículum, ya que sabían que como alumnos podíamos dar la talla. Destaco también a mi profesor de física (Enrique Casanova), que ha sido el profesor más ejemplar que he tenido en mi vida. Jamás me voy a olvidar de la primera clase que tuvimos con él. A todo lo que hacía le daba un carácter teatral, incluido el tener cronometrado el timbre del final de la clase para que coincidiera con la caída de su último trozo de tiza en el tacho de basura, seguido de un “bienvenidos a física de tercer año, bachilleres” en una voz de locutor.  Nos enseñó caída libre haciéndonos lanzar objetos desde el tercer piso de la escuela y MRUV con autitos de juguete.  Fueron profesores que nos trataron como personas responsables de nosotras mismas y se ocuparon de ayudarnos en todo lo que podían.

También hubo profesores que dejaron marcas negativas, pero no merecen espacio en estas líneas. En cambio, me gustaría hablar de una clase de ciencias de la naturaleza que tuve con mi profesora de química. Fue la clase en la que aprendimos sobre los estados de agregación de la materia en primer año. La profe nos hizo pasar a varios alumnos al frente para que cada uno “fuera una molécula” y ejemplificáramos con nuestros cuerpos el movimiento en los distintos estados de agregación. Ella se movía con nosotros, hacía que no nos pudiéramos mover de lo juntos que estábamos durante el estado sólido y nos mandó a correr lejos unos de otros cuando llegamos al estado gaseoso. Apenas después de toda la explicación, nos pidió que abriéramos los cuadernos para copiar la teoría y poder responder las dudas que iban surgiendo mientras afianzábamos el tema. No sólo esta clase rompió con la idea de la escuela que traíamos de primaria, sino que hizo que el conocimiento atravesara nuestro cuerpo, haciéndolo imposible de olvidar.

No sólo las materias de ciencias eran buenas y me gustaban. Los profesores de humanidades también marcaron mi recorrido de forma especial. Mi profesora de castellano y literatura (Diana Ávila) jamás permitió que una clase fuera aburrida. Desde cambiar el orden y posición de los bancos a hacernos crear productos funcionales para hacerles publicidades creíbles en el curso… Nos marcaron a todos su selección de libros y cuentos que jugaban con el humor negro, lo macabro y lo poético. También me marcó mi profesor de historia (Eugenio Hernández), que a pesar de su avanzada edad y métodos algo tecnicistas, me contagió su pasión por la historia y geografía como un mapa para entender el mundo actual.

 

Entrar en mi parte personal significa un esfuerzo enorme. Es una puerta que suelo mantener cerrada porque me embargan sentimientos que aún son difíciles de procesar… Me concentraba en el estudio y lo hacía mi refugio porque sentía que perdería el sentido de la vida si miraba hacia afuera. Y es que, muchas veces en el trayecto hacia y desde la escuela, me encontré con la muerte y el caos muy de cerca. Secuestros, asesinatos y robos a mano armada eran el pan nuestro de cada día. A modo de ejemplo, puedo recordar una tarde en la que todo mi curso tuvo el corazón en la garganta… Una compañera y su hermana no habían llegado a casa. Sus teléfonos estaban apagados y no sabíamos dónde estaban. Fueron unas horas en las que todos temimos lo peor. Hasta que finalmente dieron señales de vida: en el supermercado había champú y una de ellas podía comprar porque le tocaba su número de documento… Pasaron cuatro horas sin usar el teléfono (la zona era peligrosa) para poder comprarlo. Llevaban más de dos semanas lavándose el pelo con lavaplatos.

Mis anhelos no podían ir mucho más allá de seguir con vida y no ver a los que amo sufrir. Esperaba algún día poder irme del país y al mismo tiempo me desgarraba el alma pensar en alejarme de todos los míos. No pude terminar mi bachillerato allá. Pero sí he podido seguir viva acá.


Y doy gracias eternamente por la vida.




Lo anterior fue parte de un trabajo práctico sobre la formación docente desde la práctica profesional, haciendo hincapié en la experiencia propia de cursado y la trayectoria académica. Fue un trabajo incentivado por la profesora Carina Rubau en el espacio curricular de Práctica Profesional Docente II

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